miércoles, 26 de febrero de 2014

Libro de la Residencia 'El Basilisco': gratis y en línea



Portada del libro
El pasado diciembre de 2013 se publicó "El Basilisco", el libro que reúne la vida de esta residencia para artistas visuales, creada y gestionada por Esteban Álvarez, Cristina Schiavi y Tamara Stuby, y desarrollada durante los años 2004-2009 en una casa del barrio de Avellaneda, Buenos Aires. La residencia "El Basilisco" ya es un emblema dentro de los espacios de formación, experimentación e intercambio de y entre artistas visuales de diferentes provincias de la Argentina y de artistas extranjeros. Aunque sus ediciones hayan llegado al fin, dejó una importante marca en el arte contemporáneo argentino y, de alguna manera, es un ejemplo de residencias y gestiones autónomas; como la misma Tamara Stuby nos cuenta en la introducción de libro, "en el año 2003, primero había que explicar la idea de una residencia de artistas y justificar la necesidad y los beneficios a largo plazo para toda la comunidad de un proyecto de esas características[...]. Pero hoy las residencias son consideradas una línea esencial para cualquier currículum y el proceso se ha vuelto un nuevo objeto de deseo".

Pasaron por "El Basilisco" una lista más que interesante de artistas visuales nacionales y extranjeros, y entre ellos el tucumano Pablo Guiot, quien hacia el año 2005 participó de estas.

Un dato fundamental de la publicación: es gratis, lo que la hace aún más imperdible, y se la puede descargar en línea en formato pdf en el vínculo de la residencia; en virtud de esta generosidad de su difusión, dejamos un resumen de la introducción del mismo.

Tengo que agradecer por este medio la enorme amabilidad de Esteban y Tamara en responder mensajes y mails para hacer esta nota.



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Nicolas Lelièvre / Renaud Herbin (Francia) 
still de video animación, 
Buenos Aires, 2005.
El Basilisco nació como una respuesta a nuestras necesidades, pero rápidamente nos dimos cuenta de que eran comunes a una gran cantidad de gente. [...] Sentíamos que nos faltaba un tiempo y un espacio para una dinámica de discusión, y la posibilidad de compartir experiencias entre pares cotidianamente. Las instituciones en ese entonces tendían a seguir el mismo compás que el mercado, dejando que la franja del medio se ocupara de sí misma. En ese sentido, nos encontrábamos frente a un camino despejado. Otro de nuestros intereses apuntaba a proponer actividades en un entorno libre de la competencia que caracterizaba tantas de las situaciones que nos convocaban a estar en el mismo lugar, al mismo tiempo, con otros artistas (como las ferias de galerías o los premios), donde la bebida constituía lo único compartido. [...] La intención fue generar un espacio que no repitiera la misma dinámica de las galerías ni de las escuelas ni de los eventos masivos.

Otra necesidad era la posibilidad de pensar y vivir nuestro contexto en toda su complejidad; superponiendo lo local con el contexto del país, con lo regional y lo internacional. Nos pareció que la forma más productiva de luchar contra los estereotipos, tan nocivos para la recepción de nuestro trabajo como artistas, era a través del conocimiento directo del otro. No pretendíamos cambiar el mundo, pero sí sabíamos que con poco, podíamos enriquecer el pequeño mundo de cada uno de nosotros.

Durante todo ese proceso tuvimos la suerte de mantener un diálogo muy fluido con el Triangle Arts Trust, importantísimo en términos de debatir ideas previas al inicio del proyecto. [...] Desde Triangle nos habían impulsado a organizar un work-shop en Buenos Aires, que consistiría de un encuentro de dos semanas de duración en un lugar aislado, con una veintena de artistas argentinos y extranjeros. Aunque claramente la idea tenía su atractivo, estábamos convencidos de que lo que más hacía falta era una experiencia continua, un ámbito de intercambio disponible como una constante, más que como una excepción. Coincidiendo con la crisis, el primer intento de comenzar con la residencia en el 2001 fracasó (aunque sólo en términos de iniciar nuestro proyecto) [...]. En ese momento coexistían distintos circuitos de artistas sin demasiado contacto entre sí, ni con otros del exterior o de las provincias. Aunque la serie de charlas cumplió con una parte de lo anhelado, durante 2002 y 2003 continuábamos pensando en la posibilidad de construir un espacio donde los artistas pudieran explayarse libremente, y fue en junio de 2004 que ya entre los tres, Cristina, Esteban y yo, dimos inicio al proyecto que continuó hasta principios de 2009.

La idea parecía bastante simple: invitar a un artista del extranjero y otro de la Argentina a residir diez semanas en una casa en Avellaneda, donde pasarían su tiempo viviendo y trabajando, en la proporción que mejor les sirviera para sus procesos creativos. La casa donde funcionó el proyecto era una casa familiar que fue ideal en todo sentido: contaba con un gran salón que serviría de taller, más varias habitaciones individuales, una cocina muy amplia (esencial), tres patios y cuatro baños, y muy importante: vecinos bastante tolerantes. Suena fácil, pero quijotesco es un término más preciso; de todos modos, nues- tras razones nos impulsaron adelante persistentemente y salimos a buscar los recursos necesarios y a convencer a quienes pudimos de lo genial que sería el proyecto.


El motor
[...] Y ahí estaba el verdadero motor; el contacto palpable con el proceso del conocimiento, el procesamiento de lo nuevo y diferente. Cuando uno llega a un lugar desconocido, no para de preguntar y traducir, buscando formas de abordar y aprender lo nuevo. Con la llegada de los artistas a nuestra ciudad por primera vez, se formularon nuevas preguntas acerca de lo que ya conocíamos, de lo que ya (supuestamente) entendíamos. Entonces, ¿en qué consiste el conocimiento, si se revela tan mutable? ¿Cómo funciona el aprendizaje, ese mecanismo de incorporar ideas y sensaciones nuevas?

En cuanto a la confrontación con lo nuevo, estamos cada vez más acostumbrados a reunir y relacionar datos diversos; tenemos mil sistemas para acceder a lo desconocido, pero son pocos (y cada vez menos) los sistemas que nos ayudan a dar sentido a esos datos acumulados. Esta carencia se cubre muchas veces bajo el amplio paraguas del término Intercambio [...]. Adjudicar o construir sentido, es algo que funciona a través de comparaciones, paralelos y yuxtaposiciones, y tiene que ver con la tensión permanente entre la rutina (lo familiar) y una situación “excepcional” (lo desconocido). Aunque el lado más oscuro del capitalismo global nos ha demostrado el potencial que tienen las situaciones excepcionales para doblegar la voluntad de la gente, llevándola a hacer lo impensable o aceptar lo inaceptable, nuestra intención apuntaba hacia el otro extremo, apostando al potencial que tiene un cambio de circunstancias para inducir a alguien a explorar rincones de su voluntad que normalmente se encuentran obstaculizados. Sin embargo, mantener un balance entre la rutina y la exploración es esencial para que la experiencia no resulte demasiado desesperante o desgastante. Entonces la casa- grande, vieja y llena de idiosincrasias propias- sirvió para eso: nos ofrecía un microclima de contención, una base que liberaba energía para que cada uno la empleara en la dirección que quisiera. Alejandro Fangi, un artista que se sumó al proyecto para vivir en la casa, fue una fuente inagotable de asistencia y apoyo continuo, fundamental en la creación de ese microclima.

En el mismo sentido, Avellaneda, o más bien Piñeyro -un barrio común y silvestre- se ofrecía como un lugar concreto y real, marcando un contraste con el circuito de los espacios de arte. Antiguamente el barrio fue formado por trabajadores, muchos de ellos extranjeros, y este hecho sin duda enriqueció la interacción que los vecinos tenían con los artistas visitantes.


La política detrás de la práctica 
Seth Wulsin (EE. UU.) Drops in Decay,
vista de su instalación en El Basilisco, 2007.
Fotos: Gustavo Barugel.
[...] En la coyuntura específica del arte argentino en los años que siguieron a la crisis, frecuentemente se hicieron generalizaciones que definieron a todas las iniciativas de artistas con la etiqueta del ‘colectivismo’. Lo que en muchos casos fue una cuestión simple de aunar o sumar esfuerzos estratégicamente frente a la adversidad, en la percepción general llegó a un extremo, adquiriendo los proyectos colectivos un aura de sacrificio del ego con cierto aire de secta o militancia política. En medio de ese clima, nuestra posición resultaba poco correcta; siendo tres, fuimos calificados como un grupo de artistas, pero no profesábamos renunciar a la individualidad ni subsumirla en una entidad mayor. Seguimos pensando que el tema de la autoría es tan personal y complejo que poco sentido tiene tildar una forma u otra de mejor o peor, de más o menos noble. La forma en que cada uno lleva adelante su práctica se ve reflejada en las obras o proyectos, y no nos servía de nada categorizar prácticas artísticas según el formato de la autoría (grupal o individual), el tema (político, de género, etc.) o algún aspecto formal o técnico. En este sentido, no buscábamos ninguna ‘estética’ en particular, y no terminó generándose una ‘escena’; hubo un recambio continuo de distintas formas de ver y de trabajar, y por consiguiente, las personas que frecuentaban la residencia y los círculos sociales adyacentes también iban metamorfoseándose constantemente. Si existió un denominador común entre los visitantes más asiduos a la residencia, fue cierta apertura y amplitud de interés, un afán para escuchar tanto como para hablar, y preguntar tanto como contestar.

El Basilisco no estaba en Avellaneda como una toma de posición geográfica, sino porque era nuestro barrio, y le teníamos un cariño infinito. Vivimos nuestras convicciones políticas de la misma forma en que uno vive como vecino, ciudadano, hijo, hermano o padre, y estas convicciones nos llevaron a encarar acciones en nuestro ámbito, el del arte (en cierto modo, nuestra fábrica). Buscábamos y buscamos incidir en el contexto desde nuestro quehacer como artistas, con nuestras palabras a toda hora y especialmente a través de aquellos proyectos que se articulan en el plano de la comunidad. Reformular la figura del artista siempre ha sido una meta: lograr que tenga mayor peso en las jerarquías de las ideas y opiniones, que tenga mayor voz en la formulación de las políticas que nos afectan, que se valore como parte de la sociedad y que su aporte no se limite a la comercialización de los objetos o imágenes que produce.

Hubo quienes interpretaron esto como una postura anti-comercial. Lo que intentábamos crear era un ámbito libre de reglas comerciales como un paréntesis (no como una negación) por la simple razón de que generalmente van a contrapelo de las necesidades creativas. El proceso creativo involucra cierto riesgo, y ningún mercado o inversionista quiere riesgo (real); y en el arte, el riesgo calculado o simulado es una receta para la mediocridad. Ese riesgo dentro del proceso es, a veces, imperceptible. [...] Puede tratarse simplemente de una manera diferente de pensar, o de incursionar por primera vez en un campo ajeno, con altas probabilidades de un desenlace torpe, fallido o postergado. Puede ser divertidísimo, o un tormento insoportable; lo que es imposible es saberlo de antemano. [...]

Aunque ahora cuesta creerlo, cuando comenzamos a buscar apoyo de instituciones locales en el año 2003, primero había que explicar la idea de una residencia de artistas y justificar la necesidad y los beneficios a largo plazo para toda la comunidad de un proyecto de esas características, y solo entonces pudimos solicitar el financiamiento para hacerlo. [...] Una vez que logramos que una institución local respondiera con entusiasmo a la propuesta (Fundación Proa), otras se sumaron con más confianza. Aprendimos mucho en el camino que transitamos hacia la “legitimación” del proyecto en el ámbito local, tal vez porque no hubo un modelo preexistente a seguir. 
  

El funeral irlandés 
Marcela Sinclair (Bs. As.)  Maracatú atómico,
vista de su instalación en la galería Mite,
Buenos Aires, 2009.
¿Por qué las cosas llegan a su fin? Dificultades hay, siempre y para todos. Nosotros medíamos el éxito del proyecto en cómo las residencias servían a los artistas y en el efecto que los artistas tenían sobre el entorno local. En ese sentido nos dio una gran satisfacción; ya que fueron mínimos los casos en los que no se cumplieron esas metas. [...] También hubo casos donde, contra viento y marea, diferentes artistas nos sorprendieron con su persistente entusiasmo y creatividad frente a situaciones difíciles que atravesábamos juntos, desde paros en el transporte público, cortes de teléfono o Internet, hasta dificultades personales que la vida reparte a todos por turno. Las diez semanas eran largas (en las ausencias) y demasiado cortas y veloces, siempre. Varios artistas volvieron después, de visita o para seguir elaborando proyectos por su propia cuenta; esas instancias le agregaron otra capa de marcada riqueza a la experiencia en su totalidad.
El proyecto tardó en arrancar, pero creció con una velocidad insospechada de ahí en más, en términos del número de artistas que vinieron por año, del alcance de la convo catoria, de las posibilidades que tuvimos para invitar artistas argentinos a viajar al extranjero como fruto de intercambios que realizamos, y del nivel de reconocimiento que tuvo el proyecto. Pudimos cumplir el sueño de hacerlo crecer dentro de nuestra región, especialmente con proyectos hermanos como Lugar a Dudas (Colombia), Kiosco (Bolivia) y Capacete (Brasil), además de trabajar en conjunto con instituciones de más larga trayectoria como NIFCA (Países Nórdicos), Buy-Sellf (Francia) o Hangar (España), entre otros. Vimos florecer colaboraciones ricas e insospechadas entre artistas y vecinos del barrio, recibimos más visitas de artistas y otros actores del mundo del arte de distintas partes del mundo que pudiéramos haber imaginado, y terminamos comiendo, charlando, tomando y bailando mucho más de lo planificado.
En el mensaje de e-mail que invitaba a todos a la última fiesta y cierre oficial del proyecto, escribí que “aunque en el plano intelectual reconocemos el valor de formar una institución fija y duradera, sabemos que no es lo nuestro. También hay muchas otras razones por las cuales el proyecto llegó al punto y al momento que llegó y no más allá de eso, en un rango que va desde la crisis personal a la crisis mundial con algunas escalas en el medio, pero son síntomas y no causas. Dicen que los basiliscos nacen de los huevos podridos, y en ese sentido el nombre le calzó perfectamente al proyecto; queríamos aportar algo a una coyuntura que veíamos como carente en varios aspectos, y creemos que algo hicimos.” Años después, esas mismas palabras todavía sirven para explicar el final del proyecto. [...]
   

Este libro 
Se espera que esta publicación presente una suerte de balance de los años de actividad del programa de residencias de artistas El Basilisco [...]. Aquí presentamos un intento de mostrar por lo menos la punta del témpano, algo que quepa en la cantidad de páginas que pudimos reunir con ese fin. Al indagar la forma de encarar su obra, el modus operandi de cada uno, se pretende revelar alguna clave que facilite la comprensión de su trabajo sin dictar una interpretación predeterminada, incluso hay propuestas que todavía resbalan de un capítulo a otro. Esperamos que esa mirada subjetiva y discutible no importe tanto, ya que en las imágenes y las palabras de los artistas, se puede confiar ciegamente. 
  

Tamara Stuby en nombre de El Basilisco


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